Abuelos Silva


Abuelos

Llegué a pensar que siempre habían estado presentes de alguna forma, pero el tiempo y los recuerdos se me confunden.

Recuerdo una mañana cualquiera, calurosa, resplandeciente, como suelen ser los días en Mérida, llegaron con sus maletas de visita, algo corto, para conocer mejor como éramos, para presentarse debidamente.

Pasearon por la ciudad. Hicieron compras. Nos acompañaban. Cada día estaban ahí, el café y el desayuno listo muy temprano. En particular, Yo no almorzaba en casa desde que me había mudado por vez primera a los 23, habían tantas opciones en nuestra calle donde trabajábamos que el almuerzo era una fiesta compartida con los compañeros de proyectos.

Recuerdo a la abuela decirnos, ¨desde ahora en adelante haré almuerzo para que suban y coman bien y hasta les da tiempo de reposar¨, dicho y hecho, esa invitación nos cambió la vida.

Así transcurrieron los días, en una visita larga, entretenida. Ir a la montaña todos los fines de semana y pernotar. Los abuelos caminaban, subían con su morralito cada uno con sus cosas personales, los recuerdo felices.

Hace 19 años llegaron de visita y ahora regresan. Una visita muy agradable han sido estos años, aprendizajes sobre el tiempo y el manejo de los años, sobre la alegría de vivir y la autonomía sin importar la edad.

La abuela rápidamente tomó posesión del ¨laboratorio¨, es decir, de la cocina, allí sus creaciones dieron vida a numerosos juegos de adivinanzas, acerca de qué estaremos comiendo? Qué tecito será este? De la cocina salían  cualquier cantidad de sopas, pasteles, dulces, arroces de colores y sabores distintos. Siempre los remedios para cualquier dolencia solían salir de allí, ningún dolor se le resistía, manzanilla para dolores menstruales, malojillo para las naúseas, anís estrellado con mucha prudencia para los gases…pero si consigues hinojo o eneldo mejor, toronjil para los males de amor..que no sabemos si de verdad funciona pero ¨mal no te va caer¨, hinojo con leche y miel para que baje la leche durante la lactancia (este lo recuerdo con mucho cariño por que no se si será cierto o no pero mis niñas se alimentaron de mi leche como unos becerros casi por 1 año cada una y la abuela me daba mis sendos vasos de leche con hinojo tres al día), hojas de llantén para la torticulis, sabila para las heridas, y muchas plantas más que ella conocía y otras que comparaba con sus libros de hierbas y plantas y les conseguía entonces la utilidad.

El abuelo arregló cualquier desperfecto en la casa, que con el paso de las semanas descubrimos con asombro que eran muchos, cuando la casa estaba lista, salió a conocer a los vecinos y pronto se convirtieron en ¨los abuelos de toda la calle¨, entonces gente que Yo ni siquiera sabía que existían comenzaron a visitar la casa, con un postre, un libro, una mata o sólo con la conversa de la tarde. La abuela siempre (hasta que la crisis nos apretó de forma aterradora) tuvo en la nevera un dulce para ofrecer a las visitas, no podía faltar algo dulce porque en ¨algún momento llega alguien y uno debe tener que ofrecer¨, cuentan sus hijos que así era en su antigua casa en Caracas, ponía la mesa siempre con un plato adicional y sus respectivos cubiertos...¨por si acaso alguien llega¨.

El tiempo fue pasando y la visita se fue quedando, cada vez mejor acomodada, recuperaron sus libros, sus discos, las fotos familiares, las cremitas de la abuela, los zapatos del abuelo, los trajes de salir ¨por si acaso nos invitan …uno nunca sabe¨, se hicieron una vida alrededor de la nuestra, con mucho respeto, con mucho amor, con muchas ganas de ser útiles y dar, siempre dar.

Nos fuimos acostumbrando a tener vida en común, a compartir espacios, amigos , mascotas (mis gatas empezaron a dormir en el cuarto de los abuelos).

El abuelo amante de la música, de los boleros, encontró en unos vecinos su espacio musical, y por un par de años se convirtió en lo que el mismo llamó ¨Representante Musical de los Románticos de la Guitarra¨, con ellos paseó por toda Mérida llevando serenatas a cuanta muchacha se dejara seducir por la música de Armando Manzanero, Daniel Santos, Felipe Pirela, Los Hermanos Arriagada, y pare Ud. De contar. Recuerdo cuando recién parí a mi primera hija (pués entonces tuve que pasar más tiempo en casa en unas horas totalmente desconocidas del movimiento de la misma para mí), por las tardes venían los músicos a conversar, tomar café y por supuesto a cantar, otras veces venían amigas de la abuela, que fui conociendo poco a poco.

Con el abuelo tengo muchas anécdotas, 19 años no son pocos. Una de ellas, nos pasaba a todos, era montarse en una buseta con el abuelo,  de la ruta que cubre los Chorros de Milla, y la mayoría de las veces ver con asombro como el chofer lo saludaba por su nombre

¨cómo está Sr. José¨??,

más cómico aún era montarse en una buseta uno solo, tranquilo y de repente alguien totalmente desconocido acercarse y preguntar…

¨Cómo está el Sr. José?¨…

y uno perplejo contestar mejor posible ¨bien…bien´, y peor si después te decían

¨mándele mis saludos y dígale que lo llamaré¨!!!!,

Y uno se quedaba pasmado en el asiento preguntándose: quién, cómo, cuándo…??? .

Asimismo sucedía con la abuela y las llamadas telefónicas. Como nunca se acordaba de quién llamaba y nunca anotaba, entonces  cuando uno llegaba decía ¨por ahí te llamarón¨…y uno caía en la trampa de preguntar, ¨quién?¨  y ella ¨no recuerdo, pero si me dices de quien estas esperando llamada yo te puedo decir si es o no…¨ .

Con la llegada de mis hijas, la casa se transformó, ahora habían dos niñas cambiando el ritmo todo el tiempo, sus hermanos mayores se mudaron con nosotros y ahora éramos una familia.

Paréntesis

(Cuando pequeña mis padres vivían constantemente separados, a mis cortísimos 5 años nunca entendía qué pasaba, pero resulta que tampoco lo entendía a los 13. Mi padre entraba y salía de nuestras vidas constantemente, me acostumbré a compartir los años con mis hermanas y mi madre. Me fui de casa a los 23 y de allí en adelante compartí con muchas personas sus espacios y fui haciendo amigos que pronto se convirtieron en mi familia, pero no había tenido la oportunidad de vivir de la forma que lo hicimos casi por 11 años, los abuelos, Cheo, los 4 chamos y Yo. Eramos un grupo familiar, allí aprendimos juntos a convivir, a tolerar, a respetar, a reír juntos, la convivencia se volvió un aprendizaje de vida para todos.

Con la llegada de los abuelos, fui conociendo al resto del Clan Silva. Los hijos y nietos constantemente venían de visita, así poco a poco me fui familiarizando con el árbol familiar y sus diferentes conexiones. Los cumpleaños, los feriados, las navidades, todas las fechas eran oportunidades de visitar a los abuelos en Mérida, y entonces nuestra casa se convirtió en el sitio de encuentro y también con el tiempo me hicieron parte del Clan. Reconozco que llevó algo de tiempo de mi parte, era abrumador al comienzo tener gente constantemente en casa, una de las características que me gustaba de Cheo al conocerlo era su personalidad solitaria, su manera de aislarse del mundo y disfrutar la soledad, todo esto se transformó con el tiempo y así fui conociendo otra parte de cada uno de nosotros, empezamos a disfrutar las visitas, esperábamos las fiestas para compartir en grupo, empecé a tener nuevos amigos en sus hermanos y los nietos eran como hijos para todo el mundo. De repente me encontré siendo parte del Clan y me gustó.)

Cierro paréntesis

El tiempo no pasa en vano y entonces los abuelos se nos fueron poniendo viejos, ya no suben a la montaña, ya no visitan a los amigos, ya no van solos en las busetas, no hacen mercado los fines de semana, no reparan lo que se daña. los abrazos de Andrómeda deben recibirlos sentaditos para no perder el equilibrio.

El abuelo hace algunos años empezó a perder la memoria, y entonces dejó de recordar los lugares, los amigos, la música, aún nos recuerda a nosotros y nos nombra a cada uno de los que vivimos cerca. Sé que la memoria no lo acompañara en este regreso y es posible que pronto se olvide nombrarnos.

La abuela con el tiempo dejó de inventar comidas, postres y tecitos. Cada día se volvía más largo para ellos.

Pero entonces desde hace 3 años los acompaña Geraldine.

Geraldine limpió el polvo y sacó a la alegría arremolinada en las esquinas, limpió los pisos y la luz y el brillo volvieron a hacerse presentes, sacudió los muebles, las cortinas, las sabanas, y fueron apareciendo la música, los libros, abrió las puertas y dejó pasar a los amigos. Geraldine trajo de nuevo la compañía y las charlas a la casa, los chistes del abuelo volvieron a reaparecer al tener nuevo auditorio. Geraldine inició con ellos caminatas diarias, cortas, bajo el sol. Con ella volvieron a recobrar un poco de libertad, Geraldine vigilante los dejaba salir por nuestra calle.

Nuestra calle también los protegió, los arropó con la calidez de los buenos amigos. Entonces todos los vecinos se hicieron partícipes del cuidado de los abuelos y estaban pendientes de avisarnos cualquier eventualidad, si el abuelo se dormía sentado en la esquina, lo regresaban a la casa, si el abuelo caminaba tambaleante una mano amiga lo equilibraba, nuestra calle fue una importante amistad para los abuelos. Ahora que se van, los vecinos han estado pasando uno a uno, los abrazos interminables, las bendiciones de ambos lados, los presentes sencillos, llenos de amor, para que ¨no nos olviden¨.

Ahora se van, de nuevo a la ciudad de dónde llegaron. ¨Emigran dentro del país¨ comentó alguien y es así, ahora a tratar de meter en dos maletas 19 años de vida acá en Mérida, por supuesto no caben, qué dejar y qué llevar, qué se puede necesitar a los 92 años.

La casa donde viven tiene sus paredes impregnadas del aroma de los abuelos, no puedo describir ese aroma, sólo se reconocerlo dónde quiera que esté. Se quedarán los libros de la abuela, los que trajo consigo de su antigua casa en Lidice, y los que fue adquiriendo aquí en estos años, se quedarán los discos de vinilo del abuelo, sus cassettes y sus CD, la música y su reproducción evolucionaron en los años y el abuelo paso de una época a otra coleccionando.

Se quedaran algunas ropas que les quedan muy grandes, como si la ropa hubiese crecido en estos años, tendrán que dejar aquellos recuerdos que aumentan los kilos de una maleta y que no son indispensables. Cómo medir en 23kg. La importancia de los recuerdos?

Se quedan, la máquina de coser que hace rato dejó de hacer puntadas exactas, la caja de herramientas del abuelo deseosas de arreglar todo lo descompuesto, las matas de la abuela, las bolsas de abono, las ollas y sartenes, cada uno con su protagonismo en la cocina.

Nos quedaremos nosotros, quienes los acompañamos 19 años, Amanda quién creció con ellos y aprendió de la vejez lo que ningún libro le ofrece, Andrómeda a quien le encantaba saltar sobre la cama de los abuelos y cambiar los coroticos de lugar, Cheo ese hijo de quien los hermanos siempre dirán que es el favorito de la abuela y Yo, quien de alguna forma me transformé rodeada de este par que sólo quería dar, sólo querían ser útiles y felices, Yo que viví de cerca el inicio de la vejez y sus transformaciones en ambos.

Sólo puedo agradecer a la vida la oportunidad de haberlos conocido en esta visita tan inesperada, los aprendizajes que recibí de ambos, agradezco que hayan sido parte esencial de la infancia de mis hijas, agradezco su sabiduría en momentos de tristeza o indecisión, agradezco el abrazo siempre allí, dispuesto, caluroso, sincero, las bendiciones diarias cuando salíamos de madrugada a iniciar el día y que recibíamos como parte de la rutina pero que desde ya empecé a extrañar. Agradezco los almuerzos de los sábados, ocasión para hacer una pausa y reunirnos todos los que en Mérida estuviésemos, en ese comedor que se hizo en la justa medida de esas reuniones, 6 o 20 personas, y el plato adicional por si acaso llegaba alguien.

Todos nosotros tenemos oportunidades para crecer, los amigos son esenciales en ese proceso, poder aprender del otro, los abuelos son mis amigos, me enseñaron que la calma existe pero que no hay que quedarse ¨calmado¨, me enseñaron que se puede trabajar en lo que se quiere sin importar la edad, me enseñaron que siempre se puede ayudar a los demás, me enseñaron a caminar despacio, me enseñaron que las arrugas se pueden llevar con alegría y que forman parte de las marcas que la vida te va dejando, me enseñaron a ser fuerte. Ellos no son conscientes de todo lo que aprendí, pero Yo tampoco lo estaba hasta que inicié a escribir para ellos.

Gracias Luisa y Tarcisio por estos años de felicidad compartida.

M.G.

13/08/2018

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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