Diez
DIEZ AÑOS
Para Cheo, América, Atahualpa y Amanda
Andrómeda cumple diez años y nosotros también. Diez años, suena mucho,
suena poco, diez años nomás.
Primero fue el silencio, el alejamiento, su mirada atenta casi sin
pestañear. Su caminar constante, su reconocer en el mundo los detalles mínimos,
sus noches en vela observando las sombras, oyendo los murmullos ajenos, el
caminar en la oscuridad, descalza sintiendo la noche en sus pies. Luego las
mañanas llenas de sueños sin dormir, la expectativa a su alrededor, las
preguntas con respuestas distintas, las opiniones encontradas, luego la noche
otra vez.
Al igual que Andrómeda dejamos de dormir, comenzamos a danzar con ella
tratando de reconocer en la oscuridad las mismas cosas, las mismas sombras, oír
los mismos murmullos, nuestras manos formaban figuras en el aire como ella nos
enseñaba, caminamos descalzos para sentir la noche en nuestros pies, nos
sentamos en la oscuridad acompañándola, buscando entenderla, ella sin mirarnos
nos miraba, sin tocarnos nos tocaba, sin hablarnos nos hablaba.
Han pasado diez años, Andrómeda ya no anda descalza por las sombras de
la noche, sin embargo le siguen gustando las sombras y se lleva bien con la
oscuridad. Ya no se aleja de nosotros por el contrario nos busca con la clara
intención del abrazo fraterno, nos mira con mirada enamorada, nos sonríe a
plenitud y nos besa, nos besa muchísimo. Nos mira, nos toca y nos habla con
clara y amorosa intención. Ahora baila de día, tiene una danza particular para
demostrar alegría, es bellísimo verla bailar. Sigue enseñándonos a danzar solo
con las manos. Canta bajito y le gusta que la acompañemos.
Le gusta recostarse a nosotros para ver
la televisión, siempre alguna parte de su cuerpo hace contacto con nosotros,
sus manos, su espalda acurrucada o una pierna debajo de las cobijas, el
contacto es permanente. Cuando hay visitas ella se sienta en el medio,
permanece allí hasta que algo llama su atención y se va.
Pasan muchas, pero muchas cosas en diez años. Andrómeda ha crecido y
madurado en diversas formas y nosotros con ella. Hemos aprendido a hablar,
hacerlo despacio con frases cortas, precisas. Hemos aprendido a oír, sumamente
útil, necesario e indispensable. Lo hacemos ahora no lo hacíamos antes. Hemos
aprendido a solo mirarnos, cara a cara, nariz con nariz, con sus manos
atajándonos el rostro para que no nos movamos, esto último me conmueve siempre,
siempre. No lo hacía a los tres años lo hace a los diez.
Hemos aprendido a comunicarnos sólo con el tacto, los masajes forman
parte de esta comunicación. Le gustan las cosquillas, el contacto del
abrazo al dormir, la caricia del masaje en los pies, sin embargo no le gusta
que la tomen de la mano al caminar, tendemos a sujetar fuerte a los niños en la
calle, por seguridad, para que no se suelten. Hemos aprendido a hacerlo con
suavidad pero con firmeza, Andrómeda por su lado le gusta que le expliquen el
por qué?. Luego de anticiparle el cruce de una calle acepta tranquila, es
curioso pero me doy cuenta que permanentemente le estamos hablando, ella se
detiene y nos escucha, nos mira y nos responde con acciones o palabras según
sea el caso. A los tres años esto no ocurría, paulatinamente fuimos
aprendiendo, ella y nosotros, el cambio no puede ser solo de los niños, si como
padres no estamos conscientes de que debemos aprender junto con ellos entonces
el camino seguramente será más largo para todos.
Andrómeda camina detenida en los detalles, el sonido de las hojas secas
en sus pisadas, eso la detiene y luego continua, le gusta pisar la grama y caminar
en las cunetas de la calle haciendo equilibrio, los muros son siempre
oportunidades para subirse y tantear las alturas, las tapas de agua en las
aceras hay que pisarlas todas, cruzar la calle puede ser confuso, a veces no
quiere, hay que esperar que se autoregule y luego cruzamos, hemos
aprendido a detenernos, hacer pausas, a no andar sin pensar, apreciar incluso
el desorden de nuestras calles, hemos aprendido a escuchar bien, la diversidad
de sonidos callejeros puede ser abrumador si te detienes y pretendes
escucharlos todos, parece que eso ocurre algunas veces con Andrómeda, se
detiene, se paraliza y baja la cabeza, toma aliento y sigue.
En algunas oportunidades la siento tensa, le ofrezco un descanso,
un sentarnos en medio de todo, lo acepta gustosa, baja la cabeza y es como si
tratara de poner un orden al desorden que nos rodea, el apego le da seguridad,
se aferra a ese objeto creado por ella atendiendo una serie de requisitos que
la ayudan a concentrarse, a veces su mano se posa levemente en mí como
asegurando mi presencia. He aprendido a no andar apurada, no siempre lo logro,
pero si debemos estar en algún lugar en un horario fijo, entonces salimos
antes, me anticipo a sus cambios según el ambiente, hay una serie de
acontecimientos en la calle a los cuales no les tengo control, me concentro en
nosotras pero sin perder de vista, olfato, gusto, oído y tacto a todo lo que
nos rodea.
Andrómeda conoce nuestra ciudad mejor de lo que imaginaba, sabe el
camino que nos lleva a la escuela aun cuando la ruta no siempre sea la misma,
conoce la ruta que nos lleva a sus lugares preferidos, reconoce la llegada a
casa de los amigos, es la primera en bajarse del carro y entrar, si
vamos caminando por el centro de la ciudad y le anticipo que vamos a cortarle el
cabello entra sola al llegar al mini centro comercial donde está la peluquería
y sube sola los tres pisos, se instala de inmediato y cuando ya no quiere estar
más dice “lista “, cuando aún le falta , recurrimos las tres (la peluquera,
Andrómeda y yo) al conteo, eso nos da idea de temporalidad, sumamente
importante saber que todo lo que comienza tiene un final.. Cuando un lugar no
es de su agrado o no se siente bien, sencillamente nos pide ”salir “…en su
vocabulario esa palabra la ayuda a indicarnos que nos vayamos.
Le encanta la novedad, las visitas a otras casas, los recorridos en
otros autos, los paseos por lugares nuevos, los hoteles con sus camas
planchaditas, las plazas, los parques, los espacios abiertos, el caminar
danzando tomada de la mano de Amanda, las piscinas, el mar con su agua
cambiante, el frío y el viento, la ropa suelta, pantalones y short anchos, el
pelo corto, bañarse largo rato cambiando la temperatura del agua, la arena, las
piedras, bañar al perro, le gustan las hamacas y el suave vaivén que producen.
Le encanta caminar y tenemos nuestros sitios preferidos, el estadio de
la Hechicera, la placita de la iglesia de la Universidad, el camino que va a la
empresa de lácteos de la Universidad, ese en particular le encanta ya que lo
hace sola con Amanda, yo las veo desde lejos pero no participo directamente en
esa danza caminata tan íntima entre ellas, la Av. Universidad desde la redoma
subiendo hasta el monumento de las 5 águilas blancas, el jardín botánico. Son
sus lugares y los nuestros y los nombra e incluso últimamente la dejo escoger,
de esta forma le exijo que me exprese de algún modo su preferencia.
Tiene sus rutinas y sus apegos a los objetos que siguen ciertas
condiciones de movimiento, sonido, flexibilidad y textura, ella misma los
construye, antes pedía que los demás lo hiciéramos por ella, ahora ella
es experta en encontrar los objetos perfectos y armar su apego, a veces hay
resistencia al cambio de un objeto por otro y puede ser problemático si se
extravía el apego del momento, hemos aprendido a respirar junto con ella para
buscar la solución y tolerar el cambio.
Hay ciertas situaciones que la inquietan y lo manifiesta. Es sumamente
necesario darle herramientas de comunicación para que pueda expresar, sin
irritarse, lo que le molesta o le inquieta. Le molesta por ejemplo, ser la
primera en estar lista para salir y tener que esperar, entonces le digo que me
ayude a buscar las llaves, el teléfono e incluso si falta Amanda que vaya
buscarla, entonces eso hace que no se concentre en sí misma y en su sola
necesidad de salir sino que ayude en el proceso de lo que necesitamos los demás
para estar listos, luego viene y me dice “salir “.
Le inquieta tener que regresar de nuestras caminatas vespertinas porque
comenzó a llover, ir al mercado y no poder tocar todo, que los juegos en
el ipad se compliquen un poco y no pueda resolverlos de inmediato, eso sí
cuando logra resolverlos sola la alegría es total. Si estoy apurada
sencillamente hago mercado en otro momento, a veces salimos y regresamos sin
haber comprado nada, hay que dejar la ansiedad aparte para que todo esto
suceda, no es sencillo, es un trabajo que lleva tiempo, no siempre lo logro
entonces me lleva más trabajo.
Tenemos diez años, somos distintos a como éramos antes, miramos hacia
atrás y vemos el camino recorrido, se ve largo, intenso, colorido, ahora
miramos hacia adelante con nuevas interrogantes y renovado optimismo, el camino
más largo aún, más intenso y más colorido.
Andrómeda cumple diez años y nosotros también.
Mayo 2015
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