Reflejos.
Beatriz aquí me
siento a recordarte. No pretendo ya detener mi llanto, lo dejo salir y escribo.
Se me empañan los lentes, los limpio y continuo.
Hablamos
siempre, mis palabras volaban hacia ti y me escuchabas.
Recuerdo los
olores a flores, a pan recién hecho, los
perros saludando, ladrando. El romero fresco me lleva a tí..” lleva lo que
quieras, lo que necesites..”, “no estoy
en casa, pasa por el malojillo, llévate algunas lechugas!!…”
Cuántos
años? 30? Siempre vecinos, “vengan a cenar “; entonces bajar en las
noches la montaña y comer juntos y subir a media noche nuevamente en la
oscuridad por el camino ya conocido o con la luna de compañera, noches de
Vallecito.
Epocas que
me traen colores, voces, tu sonrisa permanente, ese peinado perfecto que
atrapaba tu cabellera abundante, casi rebelde y con un mágico arreglo quedabas
perfecta, hermosa. Siempre bromeábamos al respecto, ese estilo tan tuyo, ese
andar tranquilo. Recuerdo cuando perdiste una de tus peinetas en la Plaza
Beethoven de Mérida en una casi madrugada cualquiera cuando nos reuníamos a
hacer ejercicios, (en medio de un país en constante incertidumbre y caos,
buscamos la manera de vernos y compartir); esa peineta única nos hizo regresar
luego a buscarla, como unas niñas por toda la Plaza, por lugares incluso que no transitamos, volvimos
quizás más para conversar que pretendiendo encontrar el accesorio de tu
cabello, nos sentamos en una banca cualquiera a hablar, de todo un poco como
siempre.
Me llegan los
días en el Jardín Botánico, los domingos de música, los domingos de ejercicios
contigo y Andrés, y las conversaciones, siempre tuvimos temas de que hablar,
siempre hubo risas entre nosotros. Siempre te
dije que hay personas que son mágicas y que Tú eras una de ellas, sonreías y
agradecías el halago.
Hoy me llega
el día y la noche en tu casa en el Vallecito, antes de que decidieran salir del
país, el café, la cena riquísima al calor del vino, el helado que nos costó tanto
conseguir y que nos comimos con el placer culposo de acabarlo todo y nuestras conversaciones,
el gato andando muy cerca, los perros al pie de la puerta de la cocina, las
flores siempre cerca, detalles que me cuentan de ti, hoy los traigo a mí, hoy
estás conmigo de nuevo.
Me llega
nuestra tarde en Bogotá, la tarde antes de que te fueras a Francia. Andrés, Tu
y Yo, recorrimos las calles, con un sol que no lograba calentarnos, con una
tarde de lluvia fría que nos convirtió en transeúntes solitarios en una ciudad
que buscaba protegerse del agua, pero era nuestra última tarde juntos antes de
tomar destinos tan distintos, y decidimos caminar y la tarde se conmovió y nos
regaló uno de los atardeceres más hermosos que he vivido en Bogotá.
Hace poco
hablamos, te conté algunas inquietudes, también te conté mis alegrías, tu
compartiste las tuyas, hablamos del exilio, de las nuevas costumbres de ambas,
de algunos tropiezos que he tenido y me reconfortabas, del huerto comunitario
cerca de tu nuevo hogar y de tus nuevos espacios, de tu aprendizaje de un nuevo
idioma y Yo te comentaba que aquí también estaba aprendiendo una nueva forma de
hablar español, el gentilicio de nuestros nuevos vecinos.
Continuaremos
conversando, mi manía de hablar sola y contigo en voz baja, te seguiré contando
de mí, de nosotros, seguirás sonriendo dentro de mí, permaneces conmigo.
M.G.
Bucaramanga,
28 Marzo 2020.

Comments
Post a Comment