La visita




A finales de 1998, recién mudada a la casa de los Chorros de Milla nos llegó una visita, Tarcisio y Luisa venían a Mérida a pasar unos días. Llegaron tranquilos, felices, conversadores, con una maletica para pasar unos días. 

Se fueron instalando de a poco, Cheo y Yo desayunábamos, almorzabamos y hasta cenábamos en la oficina como algo cotidiano y normal, con la llegada de los abuelos aparecieron los olores del café recién colado, las arepas, algún guiso y la mesa servida.


Con Tarcisio la casa cobró un nuevo aire, apareció una cantidad de detalles y fueron arreglados, no sabíamos la variedad de cosas que teníamos dañadas y que como por arte de magia cobraron vida. Con Luisa la cocina se llenó de aromas, guisos, potecitos, masas, dulces, tecitos. Los días de visita se transformaron en semanas y luego decidieron regresar a Caracas a recoger algunas cositas y fue así como al regresar traían varias maletas, mucha alegría, optimismo, energía, risas, recetas, música, chistes, buen humor, herramientas, discotecas, libros, oraciones, historias.


Nuestra vida se transformó, nuestras rutinas cambiaron y creamos entre los cuatro una cotidianidad especial, tranquila y llena de cariño, pasaron de ser Luisa y Tarcisio, para ser los abuelitos de nosotros y de la calle 5 de julio.


Con los abuelitos conocimos a los vecinos, iban a tomar café con pan por las tardes, poco a poco nos aprendimos los nombres, las direcciones y entonces éramos parte de la comunidad. 


Los fines de semana eran de Vallecito, entonces los abuelitos subían junto con nosotros cargados de sus cosas, caminaban montaña arriba alegres, joviales. Esos fines de semana los guardo en un lugar muy especial en mi memoria, la estancia en las montañas los renovaba, cobraban fuerzas y energías, disfrutaban mucho estar allí.


El abuelo no recuerdo cómo ni cuando, lo cierto es que en una etapa de su vida en Mérida fue Director Musical de Los Románticos de la Guitarra, y daban serenatas, ensayaban en casa por las tardes, entonces eran tardes de café, pan y música. . Amanda estaba recién nacida y la colocaba en el moisés en el comedor durante los ensayos y se dejaba arrullar por los boleros. En los toques Ata siempre pedía la canción “Motivos” y le encantaba y se la sabía. Esa fue una época musical intensa y corta.


En otra época yo hacía mercado lejos de casa y el abuelo me acompañaba, hablaba con los puestos de verduras y frutas, llevaba los encargos de la abuelita (papelón, masa de maíz, champiñones, ajonjolí, cilantro, moras, etc), y se perdía entre la gente comprando y al rato aparecía, radiante con varias bolsitas con los encargos.


Los abuelitos fueron parte de la escuela primaria de mis hijas, día de la madre, día del padre, graduaciones, paraduras, cada acto escolar allí estaban. Vestidos para la ocasión, bañados en agua de rosas. 


En el barrio de la Milagrosa conocían al abuelo por nombre y apellido, el puesto de periódico, la charcutería donde compraba el queso blanco de la abuela, la panadería de la esquina donde compraba el pan dulce, el puesto de verduras donde le guardaban los champiñones. a la abuela, gracias a ese modo tan especial de ser el abuelito, cuando su memoria empezó a tomarse un receso las personas amigas lo amparaban, lo acompañaban y no dejaban que se perdiera en los laberintos. 


Mis recuerdos van y vienen se mezclan épocas y es así como me llega el tiempo donde el abuelo trabajó con nosotros en la oficina. Sus bolsillos siempre llenos de caramelos de jengibre para quien lo necesitara, chocolates para las chicas de Banesco y Banco de Venezuela, a quienes saludaba cordialmente y en voz alta por sus nombres de pila, “Buenos días Maritza, aquí te dejo un caramelito para la garganta”. Llegó a recorrer las oficinas de la ULA ya conversar con las personas que lo atendían, tenía una facilidad de armar nexos de amistad, saberse los nombres de las personas, recordar fechas, nombres de canciones, direcciones. El abuelito amaba Mérida, recorría sus calles, caminaba bastante. Sucedía en ocasiones que uno se montaba en el transporte de los Chorros de Milla y el conductor nos dejaba saludos para el abuelo…..así de sociable lo recuerdo. 


Un aparte merece su relación con Nevado. Siempre he sido de la idea de que podemos conversar con los animales y que ellos nos entienden. Tarcisio y Nevado tenían una relación fuerte, los unía el sol de las mañanas, las tardes de leer el periódico juntos, las charlas en algún momento del día donde al abuelito tomaba café y nevado reposaba su cabeza en sus rodillas. Los días donde el abuelito ya no podía salir solo, y se sentaba en el estacionamiento a tomar el sol, Nevado lo acompañaba, le escuchaba todas las historias, llegamos a permitir que Nevado entrara a la casa en ocasiones donde la tristeza, la ansiedad se apoderaban del abuelo y Nevado lograba sacarlo de allí. Nevado era un perro especial y su relación con cada uno de nosotros era distinta.


Fue una visita que duró 20 años, en lo personal fue un tiempo de mucho aprendizaje junto a ellos, mis hijas tuvieron la oportunidad de conocerlos, convivir y disfrutarlos. 


Resumir 20 años no es sencillo, llevo tres días conversando con Tarcisio, recordando con él los momentos vividos, comiendo mango, tomando café con torta, haciendo Tiramisú cada 7 de septiembre, las tardes hablando con Nana, luego el turno con Geraldine quien se encargó de hacerle los días más tranquilos en esa última época en Mérida. Lo veo saliendo a pasear en la camioneta con las niñas y Nevado, en esos días donde la memoria se le escapaba y entonces el aire fresco parecía devolverle los recuerdos y nos contaba sus días de bombero y cómo aprendió a manejar moto. 


Recuerdo los sábados por la tarde, los abuelitos y Amanda jugando dominó, ludo, armando rompecabezas, a veces la cotidianidad no nos deja ver lo maravilloso de la vida, estas tardes de sábado quedaron plasmadas en mi memoria y hoy salen a relucir como escenas hermosas , llenas de ternura y risas.


Con los abuelitos aprendí de a poquito a ser paciente, a caminar despacio, a tomar tecitos, a escuchar boleros a las 3pm, a reirme de los mismos chistes una y otra vez, a dejarme sorprender, a comer yogurt con dulce, a ser un poco más sociable.


Los abuelitos llegaron de visita un día soleado, trajeron la maleta llena de recuerdos, de sueños, de ideas, me llenaron los días de sabores, sonrisas, cuentos, aromas. En ese entonces yo tenía dos gatas: Nieves y Selva. Las gatas y los abuelos formaron una comunidad donde se permitían dormir juntos acurrucados, las gatas le traían obsequios a los abuelitos, maullaban para que les abrieran la puerta, se enredaban en las piernas de la abuela en la cocina, leian el periódico con Tarcisio acurrucadas. en su regazo, pasaron a ser las gatas de los abuelitos.


Los abuelitos nos acompañaron varias veces a la playa, esos viajes los gozamos muchísimo. Podíamos reírnos mucho con los abuelos y los vendedores ambulantes de la playa, ya que los abuelitos compraban cuanta cosa ofrecieran: cocadas, heladitos, cachapas, vuelve a la vida, melcochas, Cheo y Yo solíamos decir que eso era un deporte de alto riesgo y que los abuelos siempre lograban salir invictos.


Es lindo poder recordar tantas escenas vívidas. Confieso que mi vida se dividió en un antes y un después de la visita de los abuelitos, ambos me enseñaron a querer de forma sencilla, a abrazar a medio día, a probar nuevos sabores, a escuchar distintas melodías, a bañar a las niñas con flores y ramitas sanadoras, a sobarles la barriga cuando lloraban inquietas. Gracias a Tarcisio y Luisa por esa visita que nos hicieron, gracias por hacerme parte de la familia, por tratarme como una hija, por cuidar y querer a Amanda y a Andrómeda, por respetar los procesos, las decisiones, por tener dudas y decirlo, por abrazarme siempre, por tomar mi mano y agradecer a la vida el estar juntos. Solo tengo recuerdos hermosos al lado de los abuelitos, ha sido una de las mejores visitas que he recibido en la vida y la que más aprendizajes me han dejado.


Gracias Tarcisio, gracias Luisa.



M. G.

Bucaramanga, 01 Enero 2024








Comments

Popular posts from this blog

Carta a mi Yo del pasado

La memoria en un album

Mercados I